Hoy se reconoce que la atención integral a la persona, la familia y grupos de la comunidad, es el objetivo primordial de los profesionales de la salud. El sujeto de la atención es la persona, por lo tanto el respeto a su dignidad, el valor de su vida, los derechos que tiene como ser humano a la salud, al bienestar, la seguridad, la paz, la educación, el trabajo, la recreación, etc. son directrices que orientan la dimensión técnico-científica y ética de esta atención.
Cuando se hace referencia a la atención, se entiende ésta como el cuidado que se brinda a la persona, en forma integral, a través de la interacción profesional-persona y no como el cuidado de la enfermedad. Se ofrecen cuidados a la persona para ayudarla a mantenerse saludable, o para ayudarla a afrontar los riesgos o manifestaciones de un problema de salud, o para adaptarse a vivir con limitaciones.
Si la atención en salud se centra en el valor, en la dignidad de la persona, en sus necesidades y derechos, y no en la enfermedad y la tecnología de diagnóstico y tratamiento, ésta tiene su verdadero sentido y la persona se siente atendida, porque se hacen evidentes los elementos de la ética de la atención tales como la interacción, el conocimiento, el deber profesional y la fuerza moral.
La interacción es dialógica, simétrica entre el profesional y la persona atendida. Esta interacción se construye a partir de la confianza y progresa con el respeto y el afecto; en dicha interacción se tienen en cuenta los valores de las personas involucradas.
Entonces ante el paciente la actitud que adopte el profesional de la salud, debe estar matizada de tolerancia, sensibilidad, respeto y amor frente a ese ser humano; es bueno insistir en que no solamente son importantes los conocimientos, las habilidades, el dominio de técnicas y destrezas, sino que se requiere además de una actitud recta y una comunicación con la familia y con los demás integrantes del equipo de salud, para lograr satisfacer las necesidades de la persona a quien se atiende.
El saludar y presentarse a la persona enferma debe ser señal clara de reconocimiento como ente individual y único. La cortesía y una sonrisa favorecen el acercamiento, confianza y seguridad para alguien que se enfrenta a una situación nueva, llena de incertidumbre, estrés, angustia y expectativa, como es la enfermedad.
Mirar al interlocutor, establecer un contacto visual con él, es el paso inicial de una efectiva relación interpersonal. El tacto es parte importante del lenguaje, un simple apretón de manos, una palmada en el hombro, pueden calmar y tranquilizar a una persona ansiosa.
Por otra parte la información sencilla, clara y exacta sobre el paciente, el actuar con rapidez, con decisión y manteniendo la calma, especialmente en caso de emergencia, transmite seguridad y confianza tanto al paciente como a su familia.
La prudencia es fundamental en los comentarios que se hacen frente a la persona enferma.
Cada uno responde de manera diferente ante la enfermedad. Es el profesional de la salud, quien debe tratar de conocer y comprender la situación y respuesta de cada uno para poder ofrecer apoyo, reforzar las defensas, hacerlo sentir protegido y seguro, responder a las preguntas que formule, darle la información precisa y comprensible.
Es útil y beneficioso crear espacios y animar al paciente para que exteriorice sus sentimientos y reflexiones, permitirle que exprese lo que siente: miedo, ira, culpa, ansiedad, tristeza, con el fin de disminuir la frustración causada por su situación de salud.
Es importante además llamar al paciente por su nombre y no con calificativos estereotipados de presunta "ternura", como abuelita, madrecita, gordita, mi amor, los cuales dichos completamente fuera de su verdadero contexto, son términos que en algunos casos pueden llegar a desorientar y siempre afectan la autoestima, aparte de que podría ser una falta de respeto con el paciente. En cambio cuando se identifica a alguien por su nombre se le hace sentir valorado como persona, se le individualiza, se le hace sentir importante, más seguro y con mucho menos frialdad.
La invasión por parte de la tecnología en los diferentes servicios, en donde la vida completa está en manos del personal que brinda cuidado, los conocimientos científicos, los descubrimientos y avances tecnológicos, son importantes, pero es importante hacer énfasis, en que no se puede permitir que la intervención se centre únicamente en el cuidado de sondas, equipos, catéteres, el cuidado debe ir mucho más allá; el cuidado debe estar centrado en el paciente como persona, y a su alrededor está la tecnología, el equipo de salud, la familia, etc.
Se debe velar por el ambiente mediante medidas que contribuyan a la disminución del ruido, la disminución de la luz innecesaria, con las cuales se favorece la disminución de la angustia y el estrés que inevitablemente genera el hecho de estar hospitalizado.
Igualmente es tranquilizante el amable contacto personal, el tomarlo de la mano, el afecto generado por el contacto físico, las explicaciones con voz firme pero moderada, así parezca que no escucha, también contribuyen a generar tranquilidad.
Se debe ser cuidadoso: la persona enferma no necesita que se le exprese compasión y piedad, sino todo lo contrario, necesita palabras positivas dentro de una actitud igualmente positiva que genere energía y lo estimule en su proceso de recuperación, al tiempo que se le ayuda a ver que el dolor engrandece y fortalece, mostrándoselo de una manera positiva o ayudándole a profundizar en el sentido trascendente que el paciente le ve.
Hoy y siempre
Una sonrisa cordial
Mostrara el rostro
A quien espera atención; ¡SERVIR CON ALEGRÍA!
Nuestra mejor actitud,
Interés y tolerancia
Serán fuente de respeto,
Mutua paciencia y ayuda
Obremos pensando siempre.

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